CRÓNICA DE LOS CATALANES
En algún lugar de relieves calizos, en un alto que supera los novecientos metros y abrazado por sierras con picos de hasta mil cuatrocientos metros, nos reunimos un puñado de carlistas. La convocatoria rezaba: «I Encuentro del Pueblo Carlista».
Los que vinimos del noroeste descubrimos un paisaje abrupto, de barrancos y hoces profundas. Incluso nos cruzamos con cervatillos y cabras montesas; todo era el presagio de algo verdaderamente auténtico.
Al llegar al Convento nos hospedamos y, poco después, bajamos a dar gracias por el viaje. Ante nosotros, como eje de la oración, se alzaba un retablo de madera policromada con la talla de San Miguel, que daba nombre al Convento, y, sobre él, la imagen de Nuestra Señora Inmaculada.
Las techumbres del Convento conservaban vigas centenarias y, al asomarnos por los ventanales, el paisaje se abría como un espectáculo silencioso y austero.
La comida del primer día fue un verdadero ejemplo de sobriedad compartida y generosidad. Algunos llegábamos tras muchos kilómetros de viaje, y aquella comida compartida nos dejó una íntima sensación de acogida.
Ese primer día, después de la Santa Misa, el Padre Sellas nos dio la bienvenida y formalizó la inauguración de las jornadas, dando paso a los dos primeros ponentes. Poco después, el sol se ocultó tras las sierras y una luna llena iluminó tenuemente las tertulias improvisadas de algunos jóvenes.
Aquella luna conquense
iluminó el rostro de las margaritas,
y entre ellas, una Rosa, la más hermosa,
se convirtió en mi esposa.
De su luz brotaron nuevas margaritas,
siete flores y dos brotes varoniles,
jardín vivo que crece en nuestro hogar.
Era el momento de los puros y las pipas, de las risas y las ocurrencias, de las guitarras y las voces que perduran de forma intergeneracional. Y quizá ese fue el espíritu del encuentro: el espíritu intergeneracional.
De aquel último momento me consta que, quizá —y solo quizá—, entre risas y ocurrencias, entre pipas y puros, me pareció vislumbrar la génesis de algún noviazgo, pero eso sería materia de otra crónica.
Esa mezcolanza intergeneracional tan nuestra, que, aunque en ocasiones parece extinta, nunca llega a apagarse del todo. Y sí, aquella noche unas ascuas parecieron avivar un fuego; el fuego que, en la noche del sábado, encendió las antorchas de nuestra procesión nocturna.
Amaneció el sábado y, gracias al voluntariado generoso de unos pocos, muchos pudimos desayunar, almorzar y cenar. Porque no, no era un encuentro de señoritos, sino de un pueblo de voluntarios: unos se ocupaban de cocinar; otros, de guardar y entretener a los más pequeños; otros, de preparar charlas; y otros, de organizar guías turísticas.
Entre las voluntarias estaban mis hijas, Elena y Blanca: una se ocupó de atender a los más pequeños junto a su nueva amiga Alba; la otra, la mayor, preparó una charla para explicarles a los más pequeños qué fue la Batalla del Bruch y la expulsión del francés.
Entre aquellos voluntarios no podemos olvidarnos de nuestro buen amigo Juan Andrés Oria de Rueda, ingeniero de montes y biólogo, quien nos ilustró sobre la orografía del lugar y la historia del Convento, construido en gratitud a la Divina Providencia y, en particular, a San Miguel, por haber conservado la vida del Conde y sus hijos tras la victoria de Lepanto. Y, cómo no, también nos habló de la analogía entre el árbol de Guernica y el que había en aquel lugar, igualmente símbolo de libertades.
Durante esa jornada se sucedieron ponencias, tertulias y debates abiertos. Ese mismo día realizamos una pequeña peregrinación hasta las ruinas del Convento de Nuestra Señora del Rosal, que, tras la desamortización de Mendizábal y, más tarde, la de Madoz, quedó, como tantos otros lugares, condenado a la penumbra del abandono. Un siglo después, el odio de la revolución dio el tiro de gracia al Convento.
Y es que, en nombre de la libertad, la revolución segó todas las libertades de un pueblo porque, como bien nos indicaría el doctor Javier de Miguel en la última de las charlas, la desamortización no sólo robó a la Iglesia, sino también al propio pueblo, que vivía gracias a los terrenos comunales, quedando prácticamente todo en manos de la burguesía liberal.
Con anterioridad asistimos a la Santa Misa, celebrada por otro sacerdote. Fueron tres los sacerdotes que nos acompañaron durante aquellas jornadas, habiendo siempre un confesor en cada celebración. La Santa Misa, como no podía ser de otro modo, atendiendo a la dignidad del lugar y a la sobriedad del entorno, fue en latín y cantada. Así las cosas, gozamos de un recogimiento y una paz semejantes a los que probablemente conoció la Orden de Frailes Menores Franciscanos descalzos que habitó aquel santo lugar.
Y, aunque ya lo dije antes, me parece muy importante resaltar el carácter intergeneracional del encuentro: abuelos, padres y nietos, ¡juntos en unión!, destacando entre ellos a los abuelos Sellas Vila en la cocina y a nuestros pequeños, que jugaron, lloraron, rieron y huyeron de la vigilancia paterna para ocultar sus travesuras, cumpliendo con dignidad el oficio de infante.
El final de la jornada concluyó, como ya he avanzado, con antorchas, largos paseos, interminables tertulias y el tradicional cancionero carlista —y no tan carlista—, que inundó aquel lugar de relieves calizos y hoces profundas.

